Joseph de Ancheta, regidor desta ysla, digo ante Vmd que, para los efectos que me combengan y ubiere lugar, me es presiso haser justificación y probar con testigos que con toda individualidad declaren:

   Lo primero, si bieron que en la grande abenida de agua que ubo en esta ciudad quando rompió el barranco que biene por detrás de las carneserías, no pudiendo llebar el agua de la laguna entró la calle que llaman del Agua salir a la plasa del Adelantado, inundando quanto encontraba, de manera que siendo el llano que está delante del monasterio de Sr. San Franco de quasi un cuarto de legua o más se llenó, de manera que entró dentro de dho. monasterio y subió el agua dentro de él y de la yglesia, que causó gran peligro = Y que en el  llano que llaman de Sn Juan hiso muchas ruinas, destrosando casas y sacando de ellas escritorios, caxas y otras cosas, que llebó el agua hasta el mar con mucha pérdida de los vesinos. Digan en este particular lo que bieron.

   Lo segundo, digan si saben y les consta que en la plasa que llaman del Adelantado está el almasén de la pólbora de el Cabildo como un tiro de piedra de dho. barranco de las Carneserías, y que la noche que ubo dha. inundación se llenó dha. plasa de agua y entró en los graneros de Cabildo y en el dho. almasén de la pólbora, moxando y echando a perder toda la que estaba allí, quedando quasi toda como lodo, y que abiendo el sr. general mandado a berla quasi toda la hallaron absolutamente inútil, al tiempo que con ciertos instrumentos la probaron, y así lo espusieron allí públicamente […]. Firma: Joseph Antonio de Ancheta y Alarcón.

                            Laguna, julio veinte y tres de 1767

AMLL, R-XLVI-13.

  Uno de los obstáculos para intentar reconstruir los episodios catastróficos de las islas, como los derivados de las lluvias y huracanes (también, de las sequías duras y prolongadas), e incluso con motivo de terremotos, volcanes o furiosos temporales marinos, es la penuria en las fuentes documentales. Pero no tanto porque falten textos, sino por silencio o parquedad de estos, algo que no pocas veces asombra a los investigadores que se asoman a una específica tipología documental, como es el caso de las actas concejiles. Es cierto que en determinadas ocasiones las autoridades platican sobre algunos acontecimientos que conmovieron a la población, provocando destrozos y segando vidas humanas en sociedades de frágil defensa y reducidos recursos. Pero los datos suelen ser decepcionantes por su sobriedad. Por ello debemos recurrir a otras fuentes que, por motivos colaterales e interesados, ofrezcan la noticia y detalles complementarios.

   El documento parcialmente transcrito (solo se reproduce lo relativo a la cuestión que aquí nos concierne) es una petición o pedimento del regidor D. Joseph Antonio de Anchieta y Alarcón al corregidor para realizar prueba testifical acerca de la pérdida en el polvorín concejil, en buena medida para justificar su función en la conservación del detonante ante el comandante general (con carácter interino, pues por fallecimiento en marzo del general desempeñaba el oficio el corregidor y capitán a guerra de Tenerife, D. Agustín Gabriel del Castillo Ruiz de Vergara, natural de Gran Canaria) y salvar su responsabilidad. Si hemos expuesto el mutismo de las autoridades y de escritores e historiadores (el propio Viera y Clavijo, contemporáneo de los hechos, no lo mencionó en sus Noticias de la historia general de las islas Canarias, que publicaría muy poco después), curiosamente tampoco alude al suceso el propio solicitador y protagonista del documento, Anchieta, en su famoso Diario (moriría precisamente pocos meses después, en diciembre de 1767), y asimismo omitió los hechos otro notorio ilustrado, el regidor D. Lope Antonio de la Guerra y Peña, en sus Memorias (Tenerife en la segunda mitad del siglo XVIII. ¿A qué se debe? Posiblemente, a que las inundaciones fuesen, aunque unas más intensas que otras, un fenómeno reiterado cada cierto tiempo en la capital tinerfeña, y salvo un resultado muy dramático dejó de constituir un acontecimiento muy relevante. Unamos a esto, en lo referido a las actas municipales, la progresiva merma de apego a muchos aspectos de la vida cotidiana que sí concitaban más interés político y aparecían reflejados en los libros de acuerdos en las centurias precedentes.

   En efecto, el texto describe un desbordamiento de las aguas de la laguna urbana, parece que en el mes de julio de 1767 (la recepción del pedimento fue el 25 de julio, pero ya se habían desplazado ingenieros militares para verificar la situación del explosivo perdido, lo que hace suponer que habían transcurrido algunos días o semanas del diluvio nocturno). Digamos, en primer lugar, que tenemos información sobre algunas inundaciones graves en San Cristóbal de La Laguna con anterioridad, aunque algunas (quizá bastantes) nos sean desconocidas, comenzando por la que muy probablemente acaeció en los primeros meses de 1500 y motivó la decisiva mudanza del núcleo fundacional establecido en la «villa de Arriba», iniciándose o abriéndose la posibilidad de un nuevo planteamiento urbano que cuajó en una ordenación relativamente ortocéntrica en 1517, con incumplimientos varios y resistencias en su completa ejecución. Si andando el tiempo ese trazado se fue perfeccionando hasta llegar a la ciudad plasmada en el famoso plano de Turriano (enero de 1588), nunca fue solucionado el estructural y crónico problema del desagüe de la laguna y de la canalización o desvío de los barrancos o barranquillos que provenían por el oeste desde los Rodeos. El resultado fue que la capital tinerfeña vivió bajo la amenaza continua, por lo que las inundaciones eran seguras en cuanto se producía una lluvia torrencial. Así sucedió, por ejemplo  ̶ y de esto sí hay constancia en las actas capitulares ̶  en 1590, 1676, 1709 y 1713. En 1676 fue especialmente catastrófica la situación porque en el transcurso de una semana retornó la impetuosidad pluvial, desbordando más de un metro y medio la laguna, sin que el barranco de las Carnicerías, mencionado varias veces en el evento de 1767, fuera capaz de conducir el volumen hídrico. De inmediato se produjo el espectáculo que se describe casi un siglo después en el texto: el anegamiento del campo de Santa Clara o de San Francisco (hoy, plaza del Cristo), afectación del convento aledaño y de las calles circundantes (se cita la calle del Agua, hoy de Nava y Grimón). Pero en tales circunstancias la ciudad padecía un «ataque» de corrientes desenfrenadas en otros frentes: a) en el corazón político, la plaza del Adelantado sufría las aguas procedentes del contiguo barranco de las Carnicerías (un viejo compañero de viaje histórico todavía precisado de sólidas obras de contención, canalización y contención), causando destrozos no ya en la plaza y viviendas de la zona, sino en instalaciones concejiles como el granero o el polvorín, además de bajar por la pendiente hacia el camino que comunicaba con Santa Cruz, la zona del Tanque; la otra entrada de agua es ya la mencionada del oeste, pues aunque de modo explícito no se concrete en el documento, el alcance de lleno experimentado en los llanos de San Juan, distantes de la plaza del Adelantado, debió ser originado por desbordamiento del barranco de Cha Marta y otros arroyuelos. Pero hay algo diferente en esta inundación de 1767: mientras los precedentes conocidos se sitúan a finales de otoño e invierno (entre noviembre y febrero), esta correspondió al pleno estío, algo infrecuente pero no sorprendente.