Con el capitán Thomás de Cangas, gobernador que fue de esta ysla, embié dos informaciones que se hizieron en la ysla de Tenerife de dos nabíos oloneses y una urca flamenca y de las sospechas que había, y de las que ansimismo se publicaron contra el gobernador de la dicha ysla por haberles dado licencia para llebar binos con el rumor que había de que se llebaban para bastimentos de armadas rebeldes a V. Md.

   El maestre de uno de los dichos nabíos oloneses bolbió a la dicha ysla fletado por un mercader françés, y por confesión del dicho maestre y de otros françeses pareçe que los dichos binos se descargaron en Ave de Graçia, y así se le dio licençia para que se partiese.

   El maestre de la urca flamenca, que se llama Vicente Pieterson, llegó al dicho puerto de Garachico con otro nabío pequeño, cargados entrambos de ropa y otras mercaderías labradas en Flandes. Dize en su confesión que el primer biaje que hizo partió de Mediaemburque por el mes de diziembre del año de 86 y que le fletó Juan Bran, bezino de Emberes, y que bino en compañía de un hijo del dicho Bran, el qual bendió parte de las mercaderías en La Palma, en donde tiene otro hijo llamado Simón Bran, y parte en Garachico, y en él cargó ciento y beynte pipas de bino, las quales entraron en Medianburque y de allí en charrúas se llebaron a Emberes, según dize el dicho maestre, piloto y otros marineros que bienen en su compañía, y todos concuerdan en esto. En lo que toca a esta urca se adbierte, lo primero, que por todo el año pasado no entró en estos puertos otra urca ni nabío de los estados de Flandes si no es esta. Lo segundo, que el dicho maestre partió de Mediaemburque, parte rebelada. Lo tercero, que el dicho maestre confiesa que él y otros seys o siete nabíos partieron junctos, y que de estos los cinco o seys tomaron la derota para España y él bino a estas yslas, lo que concuerda con las confesiones que se tomaron en cas […roto] relazión que haze el duque de Medina […roto…] que escribió a la Audiençia en tres de […roto…] abisando la hiziese en este particular las más diligençias que después V. M.d manda hazer por cédula al gobernador de esta ysla, aunque atendiendo al tiempo que dize el duque de la partida del dicho nabío y al que esta urca partió es diferente porque esta partió de Flandes por disiembre del año de 86 y la urca o nabío que entró en Sanlúcar a 2 de março de 86 debió partir mucho tiempo después, salvo si antes de llegar a Sanlúcar no hizo primero escala en otro puerto. Lo 4, que preguntándole que pues había dado fianças de que trahería recaudos de que los binos se llebaron a parte segura si trahe algunos, responde que los trahía, y que por no ser conocido los echó en la mar porque quasi bino abordar con un cosario. Lo quinto, que esta urca traxo pocas mercaderías y algunas cariseas labradas en Ingalaterra y bino quasi boyante, que todo induze algunas sospechas, y junctas con la opinión que de flamencos se tiene se puede creer que los binos benderá a quienes mejor se los pagaren sin atender que son enemigos de V. M.d.

   Al secretario Andrés de Alba embié las informaciones y patente que trahe Nicolás de But, fator de Pedro Bentrilla, bezino de Emberes, por quien biene fletado el dicho nabío pequeño y la dicha urca de Pieterson en este segundo biaje. El dicho fator a […] en estas yslas antes de ahora ocho o nuebe años trahe orden de residir dos o tres, a descargado sus mercaderías y cargado binos, algunas cajas de açúcar y otras mercaderías, y por no estar enterados que la dicha urca es la que el duque escribe en su carta y que de las confesiones que se an tomado y aberiguaciones que se an echo no a resultado cosa cierta, y porque el dicho But queda en las yslas se le a dado licencia para que cargue sus nabíos baliando primero todo lo que cargare en el nabío y pieças de artillería que trahe, y así baliado de fianças de que pagará lo juzgado y sentençiado y bolberá el dicho nabío con más lo que a la Audiençia pareçiere, y que no descargará ni venderá ninguna cosa sin licençia de la persona que gobernare por V. Md, de lo qual traherá suficientes testimonios comprobados con tres españoles conocidos en estas yslas o en España. Y aunque esta licençia se le a dado con las condiciones dichas, deseamos tener aviso de V. M.d porque no faltan algunos recelos de que el trato de estos flamencos no es seguro, mayormente que así de ellos como de del reyno de Françia […roto…] más nabíos que otros años solían benir, y con esta sospecha a mandado la Audiençia que tres nabíos oloneses que están en el puerto de Garachico que binieron boyantes […] no carguen binos, y lo mismo se mandará a los demás no teniendo seguridad de que se llebarán a partes seguras. Y para descubrir el trato que puede haber aunque de las confesiones no resultan indicios para dar tormento, pero por ser negocio de tanta importançia, quando se diere con moderaçión no creo se erraría en ello.

   Ansimismo a pocos días que llegó otro nabío flamenco que partió de la villa de Amburg con pasaporte del burgomaestre de la dicha villa consignado a Pedro Esterlin, flamenco y almoxarife de la ysla de Tenerife, y a P.º Blanco, flamenco, bezino de la ciudad de La Laguna; con él se harán las averiguaciones que V. M.d manda por la cédula del dicho gobernador. Y supuesto que a estos puertos acuden tantos nabíos, y los más a cargar de binos, importará saber lo que V. M.d es serbido se aga en el despacho de ellos.

   Por otras cartas tengo suplicado lo mismo y abisado de los grandes inconbinientes que tiene el dar a estrangeros las rentas de los almoxarifazgos de estas yslas. Guarde Ntro. Señor la católica persona de V. M.d. De Canaria, último día de diziembre de 1587. [Firma Pedro Aldaya].

   AGS, G. A., leg. 204, f.º 225.

   Las relaciones del archipiélago canario con Flandes (un territorio que a mediados del s. XVI ocupaba un espacio que genéricamente puede considerarse el área ocupada hoy por Bélgica, parte de la Francia noroccidental y el sur de Holanda) fueron muy antiguas, desarrollándose un comercio entre las islas y los muy activos mercaderes «flamencos», una parte de los cuales empezaron a establecerse en algunas ciudades isleñas (islas realengas), adquiriendo bienes raíces, participando en la industria azucarera, etc. Como sucedía con todo territorio ultramarino español, el flujo mercantil con el exterior estuvo condicionado por la política exterior hispana, y así sucedió  ̶ o se supone que debía suceder ̶ con la zona flamenca. Como es conocido, casi desde los inicios del reinado de Felipe II la hegemonía de los Austrias en lo que se denominaban las Diecisiete Provincias de los Países Bajos (que englobarían aproximadamente a la actual Bélgica y los Países Bajos u «Holanda», como impropiamente llamamos a ese Estado) comenzó a ponerse en cuestión. En 1568 comenzaron las hostilidades de las provincias del norte, mientras permanecían fieles lo que hoy constituye Bélgica y Luxemburgo. Hubo distintas alternativas y vicisitudes bélicas, episodios de toma y control de algunas ciudades (como Amberes, por ejemplo) en manos de los «rebeldes» (los «holandeses», a veces llamados «neerlandeses»), retorno al control español…, en el marco de un vasto y desgastador conflicto, la guerra de los Ochenta Años. Inglaterra, bajo el reinado de Isabel I, se sumó a los rebeldes apoyándolos abiertamente. Esta circunstancia, como se comprenderá, afectó al intercambio comercial de Canarias con Inglaterra y los rebeldes flamencos, pues no podía comerciarse con el enemigo. Esa era la teoría, la práctica era el contrabando y fraude, la utilización de todo suerte de artimañas y documentos falsificados, eludiendo así las medidas de garantía exigidas por la Corona, participando en el encubrimiento prácticamente todas las instituciones isleñas, a excepción, que se sepa, de la Real Audiencia de Canarias. La posición de los gobernadores fue fluctuante y aún no disponemos de estudios concluyentes, pues la apariencia era la obediencia estricta de las normas regias, pero la continuidad del tráfico ilícito fue la práctica, con la tolerancia y complicidad de parte de los miembros del Santo Oficio (Inquisición), integrantes de la Iglesia, y por supuesto de los regidores, aparte de la actitud receptiva de toda la población hacia unos extranjeros que aportaban productos demandados y se llevaban vino, azúcar, barrilla, pez, pájaros canarios…, produciendo riqueza. A todas estas, en el último cuarto del quinientos se había producido una notable corriente inmigratoria de mercaderes y criados flamencos, que castellanizaron aceleradamente nombre y apellidos, se avecindaron en las ciudades más dinámicas de Tenerife, Gran Canaria y La Palma y se integraron de diversos modos en una tierra que seguía siendo de «frontera» en lo socioeconómico y cultural. Así, una nómina de personajes de ese origen descolló en las tres últimas décadas del siglo: Justo Bouvaert (o Bubar), Juan Flaneel (Flaniel), Daniel Van Damme (Bandame), Pedro Westerling (Huésterlin), Pedro Blanco, Nicolás de But, Cornelio Manacker (Manacre), Adolfo Piers (Pérez), Pascual Leardin, Pedro Van Morbeque, etc. A la Corte empezaron a llegar noticias e informes sobre la importancia del tráfico ilícito, que se suponía fortalecía a los enemigos del Imperio español, pero además el peligro de un ataque de ingleses u holandeses rondaba con frecuencia por las islas, se recibían avisos de la Corte y la realidad demostró que no se trataba de alarmismo: en noviembre de 1585 Drake atacó Santa Cruz de La Palma, y se temió otras incursión cuando el mismo corsario arremetió contra Cádiz en mayo de 1587, mientras los berberiscos provocaban incursiones y originaban periódicos sobresaltos, en especial en las islas orientales. En las fechas del documento (finales de 1587), en el continente España preparaba la Armada Invencible y la recuperación de más territorios rebeldes flamencos. No extrañará que en ese momento hubiese venido a las islas el ingeniero italiano Turriano con la orden regia de estudiar y proponer la fortificación de Canarias (se hallaba entonces de visita en Tenerife), y unos pocos meses después, en marzo de 1588, el Consejo de Guerra consultaba a Felipe II el establecimiento de un capitán general en Canarias. Por entonces solo existía en las islas un órgano civil con jurisdicción regional, la Real Audiencia, cuyo regente, Pedro Aldaya, firmará el informe dirigido al monarca el último día del año 1587 que pasamos a analizar con brevedad.

   El mencionado Aldaya, nombrado regente a mediados de 1586, tuvo en su relativamente corto período de mandato (pasó a ser oidor tres años más tarde con motivo de la llegada del capitán general D. Luis de la Cueva, que venía revestido como presidente de la R. Audiencia) un papel político relevante en las islas, actuando con lealtad a la Corona, vigilando por el cumplimiento de la legalidad, en especial en lo relativo a ciertos manejos corruptos. Como se desprende de la lectura del texto (una carta al rey), Aldaya mantuvo una activa correspondencia informando, en aquella coyuntura crítica de enfrentamiento con Inglaterra y algunas provincias de los Países Bajos, acerca del más que probable tráfico ilícito entre Canarias y esos destinos europeos. Menciona al capitán Tomás de Cangas, exgobernador de Gran Canaria hasta 1586, a quien el rey recurrió para realizar una visita a Lanzarote en 1587 tras el saqueo del año anterior por Morato (Cangas sería posteriormente corregidor y gobernador de Tenerife, entre 1589 y 1597). A Cangas lo utilizó como portador de informes sobre navíos sospechosos (dos barcos de Olonne-sur-Mer, cerca de La Rochelle, puerto muy vinculado a la piratería, y una urca flamenca). Pero, además, Aldaya transmitió a Felipe II la actitud proclive a la tolerancia o complicidad con el fraude mercantil del gobernador de Tenerife, el capitán Juan Núñez de la Fuente, asumiendo así el regente un rol como poder político suprainsular. El rumor (la convicción generalizada) era que los vinos embarcados eran para provisión de la armada enemiga. Es constante en el documento la referencia a la investigación testifical con los maestres o mercaderes de los barcos implicados cuando retornaban de Europa, y como es lógico las declaraciones y documentos presentados trataban de exonerarlos de delito. Parecía desprenderse que uno de los barcos franceses había descargado el vino en el Ave de Graçia (El Havre, denominado entonces Le Havre de Grâce), un puerto situado en la orilla derecha del estuario del río Sena, a orillas del canal de la Mancha. En el caso de que eso fuese realmente cierto, lo que se ignoraba era el destino final de la mercancía. Otro extremo de la averiguación era que el maestre de la urca, Vicente Pieterson, había llegado a Garachico con mercaderías flamencas, y según su declaración en su primera viaje a Canarias había llegado desde Mediaemburque (Medialburque, en la actualidad Middelburg, capital de Zelanda), puerto que después de un asedio en 1572-1573 había caído en manos rebeldes. Por tanto, se trataba de un comercio irregular, pero en esa época, conflicto bélico aparte, los comerciantes actuaban según criterios empresariales favoreciéndose y encubriéndose unos a otros en una larga guerra en la que las plazas mercantiles podían cambiar de señor y dueño, pero el negocio continuaba, de manera que eran factores o correspondientes unos de otros en cada plaza del circuito comercial internacional, con independencia de las circunstancias bélicas y adaptándose a cada coyuntura. Pieterson manifestaba que lo había fletado entonces, un año antes, el amberino Juan Bran, que había enviado en el barco a un hijo suyo, vendiendo parte de la carga en La Palma, donde residía un miembro de la familia, Simón Bran (o Brant, que luego se avecindaría en Tenerife y varias veces participó en distintos renglones de la producción y exportación: pez, barrilla, vinos…), así como en Garachico, donde cargó 120 pipas de vino hacia Middelburg. Ahora bien, además de los documentos «probatorios» de proceder las mercancías traídas de partes amigas de los Austrias (solían ser falsos), podían alegar que se habían perdido, como sucedió con este maestre. Aldaya aseguraba que la mayor parte de las mercaderías importadas por la embarcación eran inglesas, y que nada garantizaba, a pesar de las garantías y avales firmados por los maestres, que el vino exportado no se ofreciese al mejor postor europeo, en el mejor de los casos. En lo referido al viaje actual de la urca y del navío más modesto que la acompañaba, el fletador era un conocido mercader flamenco radicado en Tenerife, Nicolás de But, factor de Pedro Ventrilla (Van Trille), y exponía el regente las dudas generadas sobre la procedencia y el viaje real de las embarcaciones al no concordar diversos aspectos de las declaraciones con la realidad. La dificultad consistía en probar la falacia de los testimonios para desmontar la versión de los implicados en la trama, cuando además era indudable el apoyo y la discreción de las diversas instituciones isleñas en esta materia (en Tenerife ya el vino se estaba convirtiendo en su motor económico, que estaba impulsando a la isla como la central del archipiélago desde un punto de vista demográfico y económico). Según Aldaya, solo cabía incrementar las exigencias burocráticas, las solicitudes de fianzas y avales, pero sugiriendo la posibilidad de emplear el tormento como instrumento de sonsacar más información y doblegar a los extranjeros. Añadía la llegada en esos días de otro navío, supuestamente venido desde Hamburgo, para los mercaderes Pedro Huésterlin y Pedro Blanco, firmemente arraigados ya en Tenerife, muy bien relacionados con la clase dominante y la oligarquía concejil. Por último, es expresivo el alegato final recordando al monarca su petición de que las rentas reales de almojarifazgo no estuviesen en manos foráneas. En efecto, acaudalados y oportunistas mercaderes de origen portugués y flamenco controlaron, con la participación de destacadas figuras de la burguesía y nobleza insulares (con la connivencia de los Cabildos), esas rentas reales, defraudando sumas ingentes de dinero.