C. R. Magd [Católica Real Magestad]

   Don Thomás Grimón, vezino de la isla de Thenerife dize que la dicha isla tiene muchos pueblos, y entre ellos ay uno que se dize El Rrealejo de Arriva, que tendrá hasta cient vezinos, que los más dellos son labradores, y un alcalde ordinario entre ellos que los rrije, el qual nombra el gobernador de la dicha isla. Y solamente tiene V. Mgd  en el dicho lugar el señorío y vasallaje sin otro aprobechamiento y no pagan pan, pecho ni alcavala, y no tiene más de media legua en cortono [sic], como es notorio. Supplica a V. Magd se le haga md. de que se le venda la jurisdiçión civil y criminal, alta, baxa, mero, mixto imperio del dicho lugar de el Rrealejo de Arriva, que siendo V. Mgd servido pagará y sirvirá de contado con la cantidad que justo fuere.

Al margen: Don Thomás Grimón. A XIII de octubre 1584. Al presidente del Consejo de Hazienda. No se trata desto. En Madrid, a 22 de octubre de 1584

AGS, CJH, leg. 214, f.º 5.

   Una de las metas más perseguidas por las familias poderosas durante el Antiguo Régimen en Canarias, obtenida ya la condición de hidalgo, era la merced de un señorío o un título nobiliario. En el archipiélago era ya conocida la jurisdicción señorial desde los inicios de su conquista en el s. XV, en gran medida impulsada y financiada por particulares. En las islas realengas (Gran Canaria, La Palma, Tenerife) la sed de honores se manifestó sobre todo desde la segunda mitad del s. XVI, y fue más notoria en Tenerife, cuya población y riqueza (y consecuente rol hegemónico en lo económico) se incrementó notablemente  respecto a las demás en las últimas décadas de esa centuria. Las regidurías y los empleos más elevados de las milicias formaron parte de las apetencias de la clase dominante, pero una minoría aspiró a cimas más elevadas, como se indicó al principio. La familia Ponte intentó la enajenación de Adeje en 1558 y fracasó, y los Grimón  ̶ como se aprecia en este documento ̶  dieron el paso en 1584.

   Don Tomás Grimón era nieto del conquistador de Tenerife Jorge Grimón, natural de Namur (Bélgica), y se había labrado su prestigio e influencia cortesana por su papel en las guerras de Italia durante varias décadas, alcanzando el grado de maestre de campo; su proyección llegó hasta el punto de haber acompañado al entonces príncipe (futuro Felipe II) en su primer viaje a Flandes. Era poseedor de un mayorazgo, y junto con su esposa instituyó otro en su tercer hijo en 1558, año en que adquirió la regiduría perpetua de Tenerife, donde gozaba de la confianza de la oligarquía concejil. Por ejemplo, cuando en 1571 Francisco de Valcárcel, otro regidor de una familia que quiso descollar y hacerse con honores de manera insidiosa (aprovechó su ida a Madrid con comisión del Cabildo para un negocio particular como comprar el mando militar de la isla), se le confió a Grimón la representación municipal para que viajase a la Corte y revirtiese la otorgación de la capitanía a Valcárcel.

   El breve documento se reduce a una mera petición de compra de Grimón aportando una visión somera del lugar pretendido, en cuya comarca poseía tierras su familia desde los primeros repartos de tierra y agua posteriores a la conquista. Un aspecto sobre el que siempre se miente es sobre el número de habitantes, la capacidad económica o la superficie del lugar, pues el objetivo era doble: por un lado, se procuraba vencer la reticencia real a la enajenación de un territorio de notable entidad en la provincia o reino al que pertenecía; por otro, era una baza para negociar a la baja el precio de la merced, de modo que al aplicar un coeficiente de leguas o habitantes en relación con una determinada cantidad de reales, la cifra manejada por la monarquía resultase muy asequible. Por ejemplo, en este caso, aunque no se cuente con datos muy fiables para evaluar la población, posiblemente el número de vecinos casi triplicase el centenar mencionado por Grimón, muy alejado de la realidad. El Realejo de Abajo en esa época era, al menos, la quinta localidad más poblada de la isla, tras La Laguna, La Orotava, Icod y Garachico, y en equiparación con el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Más problemático resulta referirse a la extensión, asimismo mendaz, pues no se concretan linderos, pero la media legua que  aporta como superficie contrasta con la medida asignada para el lugar en torno a 1800 por el comisionado gubernamental Francisco Escolar y Serrano: 36.593 fas. En cuanto a la relevancia económica en sí del lugar o para la Corona, se mezcla todo en una sucinta expresión alusiva a la supuesta carencia de interés porque no contribuía directamente con impuestos a la monarquía, condición generalizada a todas las islas. Pero, como es sabido, esas tierras, en el rico valle de La Orotava, tenían un elevado valor cerealístico, vitícola y azucarero, y en ellas se encontraba la hacienda de los adelantados de Canarias (la «hacienda del Príncipe», tras el matrimonio efectuado pocos años antes entre la sobrina del cuarto adelantado, doña Porcia Magdalena de Lugo, con don Antonio Luis Leiva, IV príncipe de Ásculi o Áscoli).

   El solicitante, como era acostumbrado, y esto en realidad era lo que confería plenitud a la gracia regia delegada en el nuevo señor y situaba a este como personaje distinguido (hemos de pensar que en aquel momento, sin otra jurisdicción enajenada ni título señorial en Tenerife, situaría a la familia Grimón en una posición social extraordinaria, generadora en un futuro cercano de más poder económico y político), requería la jurisdiçión civil y criminal, alta, baxa, mero, mixto imperio en el Realejo de Abajo. La jurisdicción alta significaba el conocimiento y la ejecución de todas las causas criminales y civiles, y en especial correspondía a la facultad para juzgar los delitos más graves, mientras la jurisdicción baja comprendía las causas relativas a delitos leves. La segunda parte de la expresión (mero, mixto imperio) está asociada a dichas formas de jurisdicción. El imperium del sistema feudal se refería a las atribuciones judiciales: el mero imperio implicaba el nivel o grado más alto de jurisdicción, con potestad para imponer y aplicar las penas más graves (pena de muerte, mutilación de miembro, destierro, etc.), en tanto el mixto imperio suponía un grado de jurisdicción menor. En los señoríos concedidos por la Corona en Tenerife en el siglo XVII también se confirió ese tipo de poderes (los mismos que poseían los señores en La Gomera, El Hierro, Fuerteventura y Lanzarote), pero en definitiva los candidatos a la adquisición de un señorío no persiguieron ese tipo de potestad para someter de manera lapidaria a la población avecindada en el señorío comprado ni menos en aterrorizarlos con graves penas, pues precisamente el objetivo era atraer vecinos o, al menos, procurar que no se marcharan e hicieran productivo ese territorio. Fue más una fórmula antigua, una reminiscencia que otorgaba, en estos casos de las islas realengas, un mayor encumbramiento social y político de personas ávidas de distinción y medro, situando a sus poseedores en otra escala de la nobleza isleña y a sus vástagos  ̶ máxime si había mayorazgos prósperos por medio ̶  en pretendientes codiciados para matrimonios por otras ramas nobiliarias o integrantes de la alta burguesía.

   Desconocemos los detalles del fracaso, que era lógico no siguiese adelante, pues se trataba ya de una zona principal de Tenerife, próxima a un lugar tan importante como La Orotava, residencia de buena parte de la nobleza tradicional de la isla y de regidores, y enclavada en un área de enorme riqueza y en las inmediaciones de haciendas  ̶ dejando aparte la del Príncipe ̶  como la de los Hoyo, que difícilmente consentirían el establecimiento de un señorío lindante con sus áreas de dominio e influencia, donde existía una rivalidad entre distintas familias y ramas nobiliarias. Un nieto de D. Tomás Grimón, enlazada ya esta familia con la de los Nava, don Tomas de Nava y Grimón, gestionó de nuevo en 1664, en una situación de crisis política en la isla por la compra de jurisdicciones en Adeje y Santiago (sur de Tenerife), la enajenación del Realejo de Abajo. Tampoco lo consiguió; pero sí, en 1666, el título de marqués de Villanueva del Prado. El Concejo de la isla ni sospechó la maniobra de Grimón, que actuó de modo discreto, sin llamar la atención; pero el Consejo de Hacienda ni se molestó en entrar en el debate del asunto.