[Carta de D. Miguel de Echeverría al conde de La Gomera. 14 de julio de 1753]

          Exmo. sr.:

 Señor, a horas de ánimas e rezevido la de V. Ex.ª de fecha de oy, y luego con el bocado de la zena tomo la pluma para responder a V. Ex.ª, que si fuera para La Laguna ya me hubiera puesto en camino, porque no se puede reducir todo a la pluma.

   Yo me alegrara que Bautista, arrepentido de sus disparates, vajara la caveza con toda sumisión y súplicas a condeszender en todo el gusto de V. Ex.ª, porque es la casa más correspondiente para V. Ex.ª; pero me temo que quien nos a engañado a los principios lo hará a los fines, y aunque ofresca a su hijo primogénito para mi señora D.ª Magdalenita no ha de cumplir, de que resultarían grandes disgustos.

   La señora del marqués de la Quinta, siendo bonita y del agrado de V. Ex.ª, no me pareze mal, pues es de la misma sangre en cuarto grado, y con el cambio de su primogénito con mi señora D.ª Magdalenita sonaba en la Corte mucho mejor que con la de Baptista. Y como los marqueses de la Quinta an sido económicos como los condes de La Gomera, y señidos a sus rentas, sin drogas, se lograría lo que se quería para esta tierra, aunque mejor me parecía si se pudiera asegurar la cassa del marqués de Villanueba del Prado, que el pero de nieto de Dn Esteban Porlier con la baronía se acavaba, además de que Porlier fue hombre de distinción, que por embras qualquiera revaja o murmuracioncita del populacho se acava.

   Vamos, si Bautista, arrastrándose por los suelos pide y ofreze a V. Ex.ª a su hija, mi señora D.ª Marina, con lo que prometía para la hija mayor; y si no, vamos luego a la señorita de la Quinta, que como digo sonará más en la Corte una hija de título de Castilla que no la de Bauptista, que aunque se yntitule señor de Fuerteventura es en parte al modo de Carrasco en La Gomera.

   La cassa de Ponte es vien rica, pero pobre por sus extrabagancias de pleitos, drogas y poca economía y ninguna agencias, que es lo que puedo decir, que en lo demás no se me ofreze el mínimo reparo siendo del gusto de V. Ex.ª la señorita.

   Cuidado, no se yncline V. Ex.ª a la de Dn Juan Domingo de Franquis, que si fuere preziso daré los motibos.

   Es tarde y quiero dejar despachado el peón para que salga de madrugada, y son ya las doze de la noche.

   Reytero a V. Ex.ª mi rendida obediencia, y ruego a Dios guarde a V. Ex.ª en su mayor grandeza muchos años. Santa Cruz, julio 14 de 1753.

BMSCT, Fondo de Adeje, 1 (A2).

   D. Miguel de Echeverría y Mayora, de origen navarro, había llegado a la isla en 1743 como cobrador de las bulas de la Santa Cruzada y administrador del estanco real del tabaco, encomendándole el señor de La Gomera y El Hierro y marqués de Adeje la administración general de su estado, empleo que mantuvo hasta 1783. Además, fue capitán miliciano, gobernador de las armas en 1750 y castellano del castillo de Buen Paso. Ya de por sí, esto significaba contar con un enorme poder en la isla, pero la realidad sobrepasó lo que podríamos considerar más ceñido a la esfera económica y de gestión, pues sus informes y cartas daban cuenta pormenorizada al «conde» de cualquier aspecto social, político, religioso o cultural de La Gomera en el que tuviera interés o jurisdicción o ascendente su señor. Lógicamente esa condición de informante y receptor privilegiado de información otorgaba poder, pero también implicó hostilidad en buena parte de la oligarquía y de las clases medias de la isla, de modo que tuvo que enfrentarse (y no solo con motivo del motín de 1762) a un aislamiento peligroso, deparándole inseguridad física. Su grado de influencia y asesoramiento a su señor es patente en la misiva, permitiéndose, aunque con el respeto protocolario y una cierta actitud servil, una llaneza propia de quien goza de una enorme confianza de su superior. Matrimonió con una integrante de la poderosa familia gomera Manrique de Lara, doña Micaela Doménego Manrique de Lara, y fue uno de los fundadores en 1778 de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de San Sebastián de La Gomera.

   El receptor de la carta, D. Domingo José de Herrera Ayala y Rojas, era casi de la misma edad que Echeverría (había nacido en 1714, mientras su administrador lo había hecho un año antes). Tanto Echeverría como el «conde»-marqués de Adeje (este, como varios de sus antecesores, residía en Tenerife, por lo que les era indispensable que el administrador fuese una especie de confidente-informante-asesor) se acercaron al matrimonio tardíamente, a los cuarenta años, pues pocos meses antes de la carta había enlazado Echeverría con su esposa en lo que, conforme a la práctica y la estrategia matrimonial de entonces, constituyó una unión de conveniencia. De esto versa el motivo de la epístola, que respondía a una carta llegada pocas horas antes en relación con un empeño crucial: el necesario enlace y la búsqueda de un vástago que continuase la línea «condal» asumiendo un estado importante, con ramificaciones y pleitos peninsulares para afianzarse en determinados señoríos hispanos en litigio, intentando D. Domingo la recuperación de parte de los derechos económicos y jurisdiccionales que en el siglo y medio anterior sus ancestros habían cedido a otras familias que se intitulaban señores en parte de La Gomera y El Hierro.

   El negocio, pues era tal, de la vinculación con otra familia era esencial en cualquier escalón social, pero mucho más entre burgueses y funcionarios con afán de medro y la nobleza local, no digamos ya si era titulada. Las gestiones y acuerdos, a veces deshechos y traicionados por pactos de última hora, procuraban conjugar el fin económico (saneamiento de las economías de las dos familias involucradas o de una de ellas), compra de mayor prosapia a cambio de aportación financiera, engrandecimiento territorial con posible unión de mayorazgos incluida, etc. Nada se descartaba en los posibles pactos y combinaciones, que podían asociar dobles matrimonios en un juego de ajedrez (o de cartas) en el que la voluntad de los futuros contrayentes muy poco contaba, si bien en este caso el interesado no es un padre que quiere negociar con alguno de sus hijos sino él mismo, sin desdeñar la colocación de una hermana en el convenio final. Vamos a fijarnos en las familias (pues más que de novias hay que hablar de familias o ramas de estas) solicitadas, respecto a las cuales Echeverría se pronuncia con claridad.

   Una de las preocupaciones del administrador era la actitud engañosa que, según se desprende del texto, mantenía un personaje al que denomina Bautista, que aunque encajaba perfectamente con el fin ansiado, en cuanto era la casa más correspondiente para don Domingo-José, solo cabía aguardar de él nuevas insidias. Se refería a D. Francisco Bautista Benítez de Lugo Arias de Saavedra, noveno señor de Fuerteventura, de quien no había que fiarse, pues aunque ofreciese en la reciprocidad a su primogénito, homónimo de su padre, para doña Magdalenita, con seguridad esperaba incumplimiento (al final, el primogénito nombrado casaría tardíamente, en 1779). Doña Magdalenita era la hermana del «conde», María Magdalena Ana Francisca Xuárez de Castilla, por entonces con 38 años, ciertamente una edad avanzada en el mercado matrimonial, pues era importante la consecución de la prole, la continuidad del apellido del postulante al intercambio en la operación que se tramaba. A la postre, casaría con otro preboste de la hidalguía isleña, el coronel D. José Nicolás de Valcárcel Franchi y Lugo.

   Echeverría echaba toda la carne en el asador por la opción de la casa del marqués de la Quinta Roja, D. Cristóbal Andrés Francisco de Ponte Xuárez-Gallinato, tercer marqués, nacido en 1707. Debe referirse como candidata a su hija doña María Isabel de Ponte y Mesa, que tenía 17 años, una juventud que le venía muy bien al «conde», algo entrado en años y deseoso del alumbramiento de un sucesor varón en la línea señorial. El primogénito de la Quinta Roja, que se añadía en la negociación, era D. Antonio Rafael, nacido en 1732, más joven que doña Magdalena. Se reparará en los dos factores manejados por el administrador: el económico, pues argumentaba que esa familia, como la de los Herrera, había sido ajustada en sus gastos, sin drogas; el social, ya que se emparejaba con una casa poseedora de un título de Castilla, lo que «sonaba» mejor ante la Corte (no olvidemos que uno de los quebraderos de cabeza de los Herrera, y en particular de D. Domingo, fue la carencia documental de título condal, que en varias épocas buscaron afanosamente en varios archivos, entre ellos el de Simancas, y el propio D. Domingo lo intentó sin éxito). Por razones que no conocemos, se frustró el acercamiento con esa casa, ya que doña María Isabel de Ponte se casó en julio de 1755 con D. Diego Benítez de Lugo, marqués de Celada, y su hermano D. Antonio Rafael lo haría en 1776.

   La otra casa en la nómina de Echeverría era la de los marqueses de Villanueva del Prado. Apenas un año antes, en 1753, se había producido el relevo en el marquesado, por fallecimiento de su padre, en la persona de D. Tomás Lino de Nava Grimón y Porlier, con solo 19 años. Aquí era imposible la propuesta de doble unión, pues D. Tomás (muy celebrado en la historia cultural y social de las islas, entre otros motivos, por el impulso dado en su espléndida casa-palacio lagunera a la tertulia ilustrada de Nava) se había desposado pocos meses antes con doña Elena Josefa Benítez de Lugo. Aunque no se la nombre, la pretendiente para el «conde» era doña Ángela, de 27 años, sin concederle mucha importancia al «obstáculo» que podía significar el nexo entre la casa de Nava y D. Esteban Porlier, excónsul francés, en cuanto una hija de este  ̶ doña Felipe Magdalena Porlier y Sopranis, segunda esposa de D. Pedro Antonio de Nava Grimón ̶  era la madre de D. Tomás de Nava, el marqués, pero no el de doña Ángela. Exageraba bastante Echeverría al «disculpar» la condición plebeya de Porlier al asegurar que fue hombre de distinción, pues a duras penas arrancó del Gobierno francés la concesión de la cruz de San Lázaro y Monte Carmelo.

  El administrador señorial, por último, desaconsejaba, sin concretar el motivo, quizá por entenderlo obvio el destinatario de la carta, la alianza con la casa de los Franchi, refiriéndose a D. Juan Francisco Domingo de Franchi Benítez de Lugo, otro noble amayorazgado, casado con una preclara Ponte (doña Isabel Antonia de Ponte y Llarena Fonte de las Cuevas y Vargas, otro ejemplo de ostentosa ensalada de apellidos tan habitual en la nobleza), y es evidente que la soltera era la única hija de ese matrimonio, doña Teresa del Carmen Franchi y Ponte, entonces de 21 años, que casaría poco después, en 1757 con su primo hermano D. Francisco Bautista de Franchi Grimaldi. Sorprende la dura crítica a la casa de los Ponte como derrochadora, cuando tantos enlaces habían efectuado los ascendientes de D. Domingo con esa casa tinerfeña desde el s. xvi, y tantos beneficios, como el señorío de Adeje, habían alcanzado los señores de La Gomera y El Hierro por esa vía.

   ¿Quién sería, al final, la pareja de don Domingo? Pues la hija del criticado D. Francisco Bautista Benítez de Lugo, quizá porque se «arrastró» y ofreció por su hija doña Marina Leonor lo mismo que en su día por la mayor (doña Elena Josefa), que como ya se indicó casó con D. Tomás de Nava, el futuro marqués de Villanueva del Prado. Al final, tanto ruido y requiebros para no tener descendencia el señor de La Gomera y de Adeje, el último varón descendiente de aquellos famosos Diego García de Herrera e Inés Peraza (s. xv).