Casi estaba ia persuadido a que con tanto número de edictos y ynstruciones como las que he escrito en el tiempo de nuebe años que a recido en este obispado avría explicado aquella doctrina christiana que en suma y con brevedad pudiese bastar a dar luz, qual es de mi oficio y del de todos los curas de almas y párrochos a nuestros fieles; pero la experiencia cada día me desengaña con las nuevas materias que se ofrecen […]. El caso pressente, y que también, aunque menos, a sido en algo passado, es el que con la ocassión de la venta de los vinos malbacías en esta ysla de Thenerife se a experimentado el que, con la avaricia (que como dixo S. Pablo es la raíz de todos los peccados, y de quien debiéramos huir aún más que de la peste), por la menor copia del fructo y más compradores que a él a avido este año, a dado motivo a que algunos de los vendedores, después de aver hecho el concierto de palabra a no muy subido precio, viendo después el mayor que iba tomando an quebrado su palabra a el primero comprador y hecho nuebamente segunda venta a comprador que les ofreció más. Y asimismo, algunos de los mercaderes compradores, de quienes verocímilmente se cree serían sabidores de los primeros conciertos, por no quedarse ellos sin efectos bastantes para su cargazón, contra la justicia del primero comprador se an llegado a el vendedor ofreciéndole algunos más ducados en cada pipa para que hisiese venta con ellos, como con efecto parece se a echo. En uno y otro caso se a cometido manifiesta injusticia, y con obligación de restituir todos los daños ocasionados a el primero y lexítimo comprador, así por la parte del vendedor, que no cumplió su palabra ni guardó el contrato, como por parte del segundo comprador, que si hubiese sido sabidor del primero contracto cooperó a la injusticia del vendedor.

   Archivo parroquial de la Concepción (La Laguna), Copiador de cartas del obispo García-Ximénez, letra R, n.º 44 [Carta de instrucción sobre los precios i consiertos de los vinos de malvasías, 1 de noviembre de 1674]

    Bartolomé García Ximénez, obispo de Canarias entre 1665-1690, fue una de las figuras eclesiásticas más importantes de las islas durante el Antiguo Régimen. Llegó en medio de la profunda crisis de la «Compañía» de vinos formada por un grupo de mercaderes londinenses en 1665 que habría de desembocar en el famoso «motín del derrame de vino» del año siguiente, en cuya desactivación  o suavización tuvo un destacado papel el prelado. Dejando aparte su tarea pastoral, intervino con sus muy frecuentes edictos e instrucciones en asuntos generales de alcance político, económico y social, procurando la estabilidad social y el servicio a los intereses de la Corona.

   Un testimonio de esa implicación y compromiso público es el presente texto, extraído de su copioso copiador de cartas, que contiene numerosas instrucciones con reflexiones acerca de asuntos de actualidad sobre los que se prnunciaba con conocimiento de causa y profundidad. El tema central de este es determinado abuso cometido con los precios y acuerdos sobre el malvasía, causa de la crisis de 1665-1666, que aún coleaba, y sobre la que se volvió a pronunciarse en otras ocasiones. Se puede decir que el negocio de la cotización del célebre caldo siempre dio que hablar y suscitó conflictos y desavenencias en años posteriores al «derrame», pues a pesar del difícil convenio alcanzado entre las partes (cosecheros isleños y «Compañía» inglesa, con involucración de las autoridades) en 1667, luego revalidado, la tentación de vulnerarlo superó a la conveniencia de proceder con prudencia y respeto a los acuerdos.

   En su carta pastoral, en primer lugar, García Ximénez lamentaba el escaso éxito de su prédica y la de sus clérigos entre la feligresía, pues suponía que los principios cristianos debían haber alumbrado la actividad cotidiana, incluidas las actividades económicas. La experiencia demostraba continuamente que nuevas situaciones precisaban orientación conforme a la doctrina católica, a veces de manera reiterada. En segundo lugar, como antes se expuso, la materia se reducía a un crónico negocio como el valor del malvasía, que desde hacía nueve años no cesaba en constituir el germen de las principales discordias. En tercer lugar, atribuía  ̶ con sentido evangélico (y humano) ̶  el mal de fondo a la avaricia, al deseo de obtener la máxima ganancia sin ninguna consideración sobre las consecuencias a corto ni, mucho menos, medio plazo para los intereses generales, empleándose la picaresca y la especulación más descarnada. Esto, que podría explicarse en términos económicos como un simple efecto y paradigma de la ley de la oferta y la demanda (…menos copia del fructo y más compradores que a él a avido este año) no solo resultaba peligroso tras la coyuntura de la década anterior, sino contrario al pacto alcanzado con los mercaderes británicos. En quinto lugar, más allá de la implicación política de alcance (trascendía, como se verificó en 1665-1666, a una mera relación mercantil entre partes: hacendados y mercaderes, y podía nuevamente derivar hacia un asunto de Estado como entonces), en el comportamiento denunciado por el prelado se revela una práctica inmoral y un grave incumplimiento de un contrato apalabrado. Como muy bien lo detalla García Ximénez, el cosechero faltaba a su compromiso elevando con posterioridad al acuerdo y a la vista de la cosecha el precio establecido entre las dos partes y vendía a un importe superior a otro comerciante inglés, quien a su vez observaba una reprobable conducta al participar en la inflación con descaro ofertando una cuantía crecida respecto a la de su compatriota. Se generaba así una especie de puja que alteraba la esencia de los arreglos previos basados en la mutua lealtad, destruyendo la confianza necesaria en un contexto de progresiva dependencia de los propietarios isleños (y, en general, de toda la sociedad y sus principales instituciones) en relación con la enorme presencia y control de múltiples aspectos económicos por los financieros y mercaderes ingleses.

   Podría decirse que a esas alturas ya estaba escrito el final del devenir mercantil entre Canarias e Inglaterra, decantada de modo abierto por la penalización fiscal del malvasía de las islas frente a otros caldos como los madeirenses o los de Jerez. Como es sabido, el valor del malvasía iría retrocediendo en fechas posteriores, pero sobre todo se desniveló de modo muy señalado la balanza comercial a favor de los ingleses, que mediante el mecanismo de pago (un tercio, en principio, del importe del vino se satisfacía en ropas y otras mercaderías) lograron doblegar a los cosecheros isleños, en tanto la guerra de Sucesión de comienzos del s. XVIII supuso un revés para Canarias, languideciendo lentamente, aunque no de modo abrupto y con altibajos, la otrora bonancible relación mercantil con la gran potencia europea. La práctica codiciosa de determinados cosecheros canarios, que lejos de conformar un grupo de presión y proceder con homogeneidad muchas veces pecó de individualismo, resultó negativa y ahondó más el declive.