En la villa de señor San sebastián de la isla de La Gomera, en dies días del mes de agosto de mil y seissientos y beinte i cuatro años, sus mersedes el capitán Hernán Perasa de Aiala, regidor y gor desta dicha ysla, y Alonso Ruis de Vibar, sargento maior della por el rei nuestro señor, dixeron: que en conformidad de lo proveído y mandado por los mui yllustres señores regente e oidores de la Real Audiençia de Canaria, mandavan y mandaron que de la cantidad de dineros que están en poder del dho. sargento maior pertenesientes a Juan de Santiago, hijo de Juan Xuares y de Costanza Mateos, vezinos que fueron desta dha. isla, que está captivo el dho. Juan de Santiago en Argel, tierra de moros, y para su redençión y livertad, se lleven y entrieguen a Gaspar Serrano, vezino desta ysla, dos mil y duzientos rs. para que los lleve a la isla de Tenerife y los dé i entregue a don Melchor Lopes Prieto de Ça, regidor y depozitario general de la isla de Tenerife, para que libre sédula de la dha. cantidad a entregar en la çiudad de Çivilla al lcdo. Don Frco Veles de la Peña, rasionero de la santa iglesia catredal de ella, a quien los dhos. señores de la Real Audiençia mandan se entrieguen para el dho. efecto, e se tome resivo del. Y lo mesmo haga el dho. Gaspar Serrano del entrego que hiziere de los dhos. dos mil y duzientos rs. en el lugar de Garachico para que en todo aia clariçia, como lo mandan los dhos. señores de la Real Audiençia. Y en presençia del dho. gor y t.os el dho. Al.o Ruis de Vibar entregó al dho. Gaspar Serrano los dhos. dos mil y duzientos reales, el cual los resivió y llevó a su poder en dineros de contado, tostones y medios tostones y reales senzillos que montaron la cantidad, de que io, el notario, doi fe que conosco los contenidos, y del entrego en prezençia de sus mersedes, que los firmaron, y el dho. Gaspar Serrano, siendo testigos P.o de Pineda, piloto de la Carrera de Indias, y Juan Muños, vezinos desta dha. isla. Y es declaraçión quel riesgo del passaje de la mar de aquí a la isla de Tenerife ba por cuenta de el dho. captivo. Hernán Perasa de Aiala. Alonso Ruis de Vibar. Gaspar Serrano. Juan Gonsales Perestelo, notario appostólico público.

 Fuente: AHPSCT, Prot. Not., leg. 2.277, f.º 384.

   Durante siglos las islas, como otros territorios del Levante y sur peninsulares, sufrieron ataques costeros y en el mar por parte de corsarios y piratas de diversa nacionalidad, entre ellos de berberiscos, turcos y argelinos, que en el s. XVII llevaban sus presas humanas, un excelente negocio, a plazas como Argel, Túnez, La Mamora o Salé. La redención de los apresados se podía realizar por la intermediación (con pago) de órdenes religiosas especializadas desde el s. XIII en esa misión (trinitarios y mercedarios), o a través de particulares, como es el caso relacionado en este texto.

   El costo humano y económico de los varias miles de isleños apresados y llevados a plazas africanas para lucrarse con su liberación es imposible de evaluar. Muchas familias prácticamente se arruinaron o pasaron muchas dificultades, vendiendo o empeñando bienes, para lograr reunir la suma necesaria. El Cabildo catedral de Canaria (o Canarias) calculaba en 1631 su gasto en redención de cautivos en 1.161.000 mrs. Constituyó, en el contexto de los diferentes corsarios que entorpecían las comunicación, protagonizaban pequeños ataques o razias o asaltaban barcos entre las islas, un peligro que nunca se logró erradicar del todo. Fracasados los intentos variados de organizar flotillas con carácter permanente para combatirlos, los Cabildos realengos y los capitanes generales propiciaban la formación de armadillas, que a veces lograban un ocasional freno o suavización del riesgo, pero más bien se limitaban, en el mejor de los casos, a «respuestas» ante intentos de ataques a los puertos, pero prácticamente nada se podía hacer si se producía un asalto en el mar. No digamos ya cuando tenía éxito un ataque de una gran flota enemiga y como parte del botín se llevaban a centenares de personas.

   No sabemos el origen del apresamiento del gomero Juan de Santiago. Si su cautividad procedía del terrible ataque argelino de 1618 a la capital de esa isla, la tardanza en promoverse de modo efectivo la gestión de su liberación es señal de los problemas en acopiar el dinero suficiente para afrontar el pago. La familia de Juan de Santiago tenía cierto poder económico, pero otra cosa era disponer de liquidez. Sabemos, por ejemplo, que se contaban entre los litigantes en el largo pleito por la posesión de las dehesas de Juel y Enchereda (noreste de La Gomera) en las primeras décadas del seiscientos, y de hecho Juan de Santiago retornó a la isla, y a su muerte otros familiares continuaron con el litigio.

   La operación de rescate, como se constata en el documento, estaba bajo control institucional en este ejemplo: la Real Audiencia de Canarias dispuso la entrega de la cantidad (2.200 rs.) del cautivo que se hallaba en poder del sargento mayor de la isla, Alonso Ruiz de Vivar, cuyos padres habían fallecido, lo cual debió complicar más la tarea de disponer de fondos para la redención, y quizá por ese motivo fue precisa la intervención de tantas instituciones y la lentitud en todo el proceso. Superado el primer problema se hallaba otro: el traslado del dinero. El mecanismo consistía en el transporte marítimo de la cantidad, a riesgo del cautivo, a Tenerife, donde debía ser entregada a D. Melchor López Prieto de Saa, quien poseía el oficio de regidor y depositario general de dicha isla por vinculación del oficio de depositario (en principio, comprado por dos vidas al rico mercader de Daute Julián Lorenzo Clavijo, en un mayorazgo a su nombre), y comprado en 1616 por D. Melchor al rey a perpetuidad por 4.000 ducs.. Tengamos en cuenta que los Prieto de Saa, establecidos en el pujante puerto de Garachico, tenían poderosos intereses en La Gomera, hasta el punto de que un hermano de D. Melchor, D. Luis Fernando Prieto de Saa, había matrimoniado con doña Águeda de Castilla, de la familia condal, y se consideraba partícipe de la jurisdicción, y tras enviudar de nuevo tornó a intentar adquirir porción del señorío entrando con otro enlace en la familia Peña. Lo que ya resultaba un riesgo prácticamente inasumible era el transporte de la suma a Sevilla, donde un isleño, el racionero de origen gomero de la catedral D. Francisco Vélez de la Peña, debía encargarse del último tramo del negocio de la liberación. Para ello se recurría, según costumbre, a la letra de cambio, que para un mercader como D. Melchor Prieto resultaba muy sencillo y frecuente.