Sepan quantos esta carta vieren cómo nos, el prior, frayles e convento del monesterio de señor Santo Domyngo desta çibdad de San Christóbal, desta ysla de Thenerife están, conviene a saber: frey Martyn Camacho, vicario, e frey Alonso Despinosa Fuenmayor, frey Gaspar Carrillo, frey Pedro de Albornós, frey Francisco Montero, frey Juan Martines, frayles profesos conventuales del dicho monesterio, por nos e en nombre del dicho convento e freyles del, que son al presente e serán de aquí adelante: dezimos que por quanto este convento está muy pobre e nesçesitado, e por razón de la enfermedad de contagio que a avido e ay en esta çibdad de quinze meses a esta parte, este convento e frayles del acudieron a las nesçesidades de los enfermos questavan en la enfermería, confesando a los enfermos e ayudándoles a bien morir e consolándolos en sus trabajos. E por esta cabsa murieron dies o doze frayles del dicho convento y se les quemó la ropa que tenyan, por manera que con esto e otras cosas que an suscedido, sin otros enfermos que quedaron, este dicho convento quedó muy pobre e nescesitado; en tal manera, que no nos podemos sustentar, porque aunque se pida limosna por la çibdad para nuestro sustento no se saca por razón de la poca gente e mucha nescesidad que ay, por razón de quedar esta çibdad con grande nesçesidad e pobresa, en razón de lo qual este convento a hecho ynformaçión ante el gobernador e testigos. Por ende, otorgamos e conoscemos que damos e otorgamos todo poder cumplido, bastante, libre e llenero, según queste convento lo tiene e de derecho puede e deve valer, al muy reverendo padre frey Antonio Melchor, provisor general de la horden de señor Santo Domyngo, residente en Corte de Su Magestad, e al padre frey Jorge da Costa, de la horden de señor Santo Domyngo, questá presente, a anbos a dos juntamente e a cada uno por sí ynsolydum, para que por nos y en nonbre deste dicho convento puedan parescer ante Su Magestad el rey don Felipe, nuestro señor, e ante los muy poderosos señores presidentes de su Supremo Consejo de Yndias e de Estado, e ante quien e con derecho puedan e deban; e ante ellos e qualquier dellos puedan presentar e presenten la dicha ynformaçión e otros qualesquier recabdos que convengan a este dicho convento, pedir e suplicar a Su Magestad le haga merced a este dicho convento e frayles del de algunas limosnas e mercedes para reparar los daños que a resçibido e acabar de hazer esta casa, tenyendo atención a lo mucho que a trabajado e trabaja en ayudar, como ayuda e a ayudado después que se fundó, en confesar e hazer lo que conviene a la república; e hazer qualesquiera pedimentos e ynpetrar qualesquier mercedes e cédulas e provisyones de Su Magestad […]; e para que puedan resçibir, aver e cobrar qualesquier mrs. e otras cosas que al dicho convento le fueren hechas de gracia e mercedes, de qualesquier contadores e tesoreros o proveedores e personas sobre quien se libraren; e presentar las dichas çédulas o libranças e hazer los autos que convenga e dar cartas de pago e finiquyto que le fueren pedidas […]; e asymismo puedan soliçytar e hazer otro qualquier negoçio que a este convento convenga en razón de qualesquier obligaçiones que le tenga o pretenciones que él pretende […]. Fecha e otorgada esta carta en la noble çibdad de San Christóbal, ques en esta ysla de Thenerife, en el monesterio de señor Santo Domyngo, en dies e ocho días del mes de jullio de mill e quinientos e ochenta e tres años […]. [Firman los frailes: Alonso de Espinosa, como se le menciona en la escritura: Alonso Despinosa Fuenmayor].

  Fuente: AHPSCT, Prot. Not., leg. 245, fols. CCCCLV-CCCCLVI v.º.

   Son conocidas las epidemias que de cuando en cuando  ̶ como sucedía en el resto de territorios ̶  afectaban a las islas. Las más frecuentes eran las de viruela, que diezmaban en especial a los sectores más vulnerables, como la infancia. En el texto se alude a una epidemia de las más letales y temidas por la población europea desde la Edad Media: la peste bubónica. Es imposible referirse en este breve contexto a la enfermedad, a la que posiblemente en otro documento futuro podamos referirnos y ampliar así la información. Se trata aquí de la que sufrió en 1582-1583 San Cristóbal de La Laguna, la capital tinerfeña, y algunos lugares cercanos, como valle de Tabares, Tegueste, Tejina, Punta del Hidalgo y Tacoronte. El origen parece estar en este caso en un barco llegado al puerto de Santa Cruz, pues los primeros afectados  ̶ al principio, con divergencia entre los médicos concejiles sobre la etiología ̶  fueron dos pasajeros que tomaron tierra. En el texto, fechado en julio de 1583, cuando ya el mal comenzaba a remitir con claridad, se concreta el comienzo del contagio quince meses atrás, lo que nos situaría en torno a abril de 1582, en coincidencia con las noticias de las actas capitulares. El Cabildo actuó con diligencia, estableciendo un degredo en Puerto de Caballos (el área costera colindante con el «Palmétum» actual y la desembocadura del barranco semioculto por la refinería). En  junio de ese año ya la propagación se tornó casi imparable y se hablaba de una «enfermedad pestilencial». Como suele suceder en todas las esferas o ámbitos de la sociedad de entonces, tanto el tratamiento como las consecuencias de la epidemia mostraron clara discriminación: 1) se permitió a los enfermos de calidad permanecer en sus viviendas, y para su atención se asignaron unos regidores diferentes de los diputados para vigilar y ayudar al resto de la población; 2) todos los testimonios de la época se refieren a la elevada mortandad que se cebó en los más pobres, niños, ancianos, esclavos y negros. La mayoría de los vecinos laguneros se atendió en tres lugares: el hospital de San Sebastián (en torno a las instalaciones actuales de la «residencia de ancianos», junto a la plaza del Cristo), las casas de Negrón (cerca de la ermita de San Juan, que precisamente se levantó tras la enfermedad al tomar la ciudad a dicho santo como abogado frente a la peste en pleno apogeo de esta, en junio de 1582) y los alrededores de la ermita de San Cristóbal, junto al camino que conducía al puerto. Hubo días (como en febrero de 1583) en que llegó a 450 el total de enfermos en los hospitales habilitados. Una de las medidas era la combustión de las ropas de los afectados, mencionada en el texto. Las autoridades improvisaron iniciativas y a veces se contradijeron o, como solía acontecer en esas circunstancias, se relajaban las disposiciones en cuanto disminuía el número de muertes al considerar que la peste estaba finiquitando. Por ejemplo, lejos de remitir, a finales de 1582 el contagio afectó a Tacoronte, aunque por fortuna no se expandió al resto del norte, con diferencia la vertiente más poblada de la isla. Dada la mentalidad de la época, el Ayuntamiento (o Cabildo) dispuso diversas providencias religiosas (procesiones, rogativas, traída de la virgen de Candelaria…). La epidemia supuso un retroceso demográfico importante para la capital, difícil de evaluar con precisión. Los datos proporcionados por diversas fuentes no coinciden, pero podemos estimar en unos 5.000-6.000 el número de fallecidos, que se enterraban en la iglesia anexa al citado hospital, en torno a la ermita de San Cristóbal y en la citada zona de San Juan. Pensemos que si La Laguna contaba con 7.220 habitantes dos décadas antes de la peste (tazmía de 1561), en 1592 (cifras de la tazmía de ese año, cuando la ciudad se estaba recuperando ya) el recuento poblacional fue de 5.391 habitantes, por lo que conviene replantearse algunas hipótesis sobre la validez, en lo referido a esta ciudad, de determinados cálculos (como los del licenciado Valcárcel), que situaban la vecindad en 1.200, lo que implicaría una cifra de habitantes superior a los 5.200 en 1585, cifra alejada de la realidad. A pesar de ello, La Laguna continuó siendo el principal núcleo urbano de las islas, pues como suele suceder después de catástrofes y experiencias traumáticas se elevó la tasa de natalidad, además del aporte inmigratorio por entonces en alza. [Para una más completa información sobre esta epidemia, remitimos a las páginas 109-110 y 112-113 del volumen I, y sobre todo a las páginas 949-961, del volumen 2, de nuestra obra, descargable en esta web (sección «trabajos: libros»): La Laguna durante el Antiguo Régimen. Desde su fundación hasta finales del siglo XVII].

   El documento, como antes se indicó, está datado en julio de 1583, cuando la situación hacía presagiar el término de la peste y, en efecto, hacia septiembre, prácticamente estaba erradicada. El texto, como es notorio tras su lectura, es un poder de la comunidad dominica para suplicar limosnas y mercedes del rey (Felipe II) y sus Consejos, con especial mención a los de Castilla, Indias y Estado. Los frailes son solo siete, pues como advierten los poderdantes el convento pagó cara su contribución religiosa a la población enferma (confesando a los apestados, ayudándolos a bien morir e consolándolos en sus trabajos), pues habían fallecido (es llamativa la imprecisión de los monjes) sobre diez o doce religiosos de peste. Un alto tributo: en 1555 la comunidad se componía de 12 profesos y 2 novicios, y es de suponer que se había incrementado en los años posteriores, pero la crisis diezmó también al convento. Entre los frailes ya hemos destacado entre las firmas la del famoso Alonso de Espinosa, que después de su etapa en Guatemala se supone que desembarcó en Tenerife en 1580, de modo que esta epidemia debió suponer una temprana experiencia impactante en el historiador, que en 1594 publicaría su obra Del origen y milagros de la santa imagen de Nuestra Señora de Candelaria. El poder subraya la precariedad conventual, sin ropa, con menos frailes, sin sustento cotidiano. Como podemos suponer, la enorme pérdida poblacional afectó a los cultivos de tierras atributadas, que en parte constituían un aporte notable para las rentas de la institución. Pero además, el empobrecimiento generalizado incidía, como se destaca en el escrito, en las limosnas por razón de la poca gente e  mucha nescesidad, ya que la capital quedó sumida en grande nesçesidad e pobresa. La comunidad dominica solicitó ante la autoridad competente la realización de una información testifical sobre la veracidad de su situación, que acompañaba al poder conferido a sus representantes en la Corte como elemento probatorio. En el amplio poder se apunta a la reparación de sus intalaciones conventuales, pero también a la necesidad de continuar el lento progreso de las obras que venían de décadas atrás. Si el nuevo emplazamiento del convento (después de la mudanza de su primitivo asentamiento en los aledaños de la ermita de San Miguel, en la plaza del Adelantado) se produjo alrededor de 1527-1530, y en 1533 se había edificado parte  de su iglesia, en realidad la capilla mayor finalizó entre 1599-1602. La comunidad se recuperó, pues a finales del seiscientos había unos 50 religiosos.