Era un día caluroso, un día de verano, pero la poderosa corriente del gran río mitigaba el ardor del aire. Esmet-Akhom, sacerdote de Isis, contemplaba el fluir del Nilo, majestuoso y antiguo, imperecedero, inmortal. Eterno, como los viejos dioses. Miró las aguas, el sol y su reflejo en el muro. La luz hería la vista. El sacerdote entornó los ojos y contempló por última vez su obra: la silueta del dios Mandulis y los jeroglíficos en su honor, tallados por su mano, «para todos los tiempos y para la eternidad».
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