En los festines romanos desfilaban platos de lo más extravagante, algunos tan sorprendentes como el cachorro de perro, los talones de camello o las lenguas de faisán. Asimismo, algunos cronistas narran escenas grotescas como comer aves dentro de una pajarera llena de faisanes vivos o servir un jabalí asado relleno de tordos que al trinchar el plato salen volando.
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