En las cortes europeas, durante los siglos XVII, XVIII e incluso principios del XIX, era común vestir a los niños con vestidos largos para retratos y a menudo en la vida cotidiana. Esta práctica respondía principalmente a razones prácticas: los vestidos largos eran prendas unisex que solían llevar los niños pequeños, independientemente del sexo, porque les resultaban más cómodos.
